El ladrón de meriendas - Andrea Camilleri

Se despertó muy mal: las sábanas, en medio del sudor del sueño, alterado por culpa del kilo y medio de sardinas al horno rellenas con anchoas, cebolla, perejil y pasas que se había zampado la vispera, se le habían enrollado apretadamente alrededor del cuerpo cual si fueran las vendas de una momia. Se levantó, se dirigió a la cocina , abrió el frigorifico y se bebió media botella de agua helada. Mientras lo hacía miró a través de la ventana abierta. La luz del amanecer presagiaba un buen día, con un mar como una balsa de aceite y un cielo claro y sin nubes. Montalbano, muy sensible a los cambios metereológicos, se tranquilizó a propósito de su estado de ánimo en las próximas horas. Era todavía muy temprano, por lo que volvió a acostarse cubriéndose la cabeza con la sábana, dispuesto a dormir un par de horitas más. Tal como siempre hacía antes de quedarse dormido, pensó en Livia, en su cama de Boccadasse, Génova: era una presencia benéfica en cada viaje que él emprendía a the country of sleep, como decía un poema de Dylan Thomas que le había encantado.

1 comentarios:

Javier Muñiz 13 de marzo de 2011 a las 13:28  

Hola bello blog,íntimas entradas, relucientes,si te gusta la palabra dividida,ampliada, la poesía,te invito al mio,será un placer,es,
http://ligerodeequipaje1875.blogspot.com/
gracias, buena misa de domingo, besos en libertad...

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  • * La dama de blanco, Willkie Collins

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